Martes 3 de agosto de 2010 – El Tiempo
Pero, lamentablemente, no fue así. Lo que presencié hace una semana fue un recinto que hizo honor al desorden, y donde algunas personas y periodistas, que estaban a mi lado como simples observadores, exclamaban: "¡Qué circo todo esto!"
Más allá de las anécdotas y de que los debates empiecen con retrasos de hasta tres horas, es frustrante comprobar que hay ciertos políticos de Bogotá que llegan a la corporación, hacen presencia para reclamar un salario que bordea los 18 millones de pesos al mes y, luego, se olvidan para qué los eligieron.
A lo largo de la citada sesión, algunos concejales invirtieron su tiempo en cosas que no aportaron al debate, que giró sobre los enredos del contralor distrital, Miguel Ángel Moralesrussi.
El funcionario está investigado por una grabación que lo compromete en supuestos pagos de comisiones y en presuntos sobrecostos en el arriendo del edificio de la entidad.
Pero mientras Moralesrussi aparecía nuevamente en el escenario público y hablaba y hacía un balance de su gestión, ahí estaban algunos concejales, relajados con sus portátiles y sus celulares, y entretenidos en sus asuntos personales.
A otros se les vio desfilando por los pasillos, haciendo visita, y noté que algunos se fueron a la hora. Pasado el mediodía conté varias sillas vacías e incluso, para dejar constancia, me di a la tarea de grabar un pequeño video del desorden.
No obstante, no podemos caer en el pecado de las generalizaciones. Varios concejales, como Antonio Sanguino, María Victoria Vargas, Carlos Galán, Jorge Ernesto Salamanca, o los de la bancada del partido Mira, entre otros, estuvieron atentos y salvaron la discusión, junto al presidente, Celio Nieves.
Pero el comportamiento de ciertos cabildantes, realmente, es lamentable. Es ahí cuando uno se pregunta en qué momento lograron captar la atención del electorado bogotano, que se ufana de votar inteligentemente frente al resto del país.
En medio de tantos problemas que agobian a Bogotá, las personas demandan una clase política más comprometida y añoran esos debates de antaño.
Que la magnitud de los problemas que enfrenta la capital del país (ruidos de corrupción, atrasos en las obras, impune invasión y retoma del espacio público, galopante inseguridad y desorden en los buses) sea equivalente a la estatura de sus líderes.
Obviamente, no se trata de que el Concejo funcione rígidamente, como una escuela militar, y que nadie se levante de su puesto o hable por celular o con su compañero de puesto. Tampoco se busca impulsar una reforma a las normas que rigen el funcionamiento del cabildo.
¡Ni más faltaba! Algunos me dirán que así funciona en todas las ciudades e incluso en el Congreso, donde algunos senadores y representantes han sido captados, en épocas anteriores, durmiendo el sueño de morfeo.
En estos días revisé las estadísticas del proyecto 'Conceio cómo vamos', la iniciativa de EL TIEMPO, la Fundación Corona y la Cámara de Comercio, que sigue la cotianidad del recinto.
Para dicha organización, la percepción de desorden en las sesiones es "indiscutible", pero afortunadamente ha mostrado signos de mejoría en los años más recientes.
Según el registro, y en su momento, tal era el desorden que era imposible que en los debates hablara el representante de la Administración.
Los concejales hablaban de lo divino y de lo humano, se extendían innecesariamente y, como ocurrió con el debate al Contralor, desviaban la atención y se referían a temas que no estaban pactados en la agenda del día.
En esa discusión, por ejemplo, mientras Moralesrussi alistaba sus papeles de defensa, escuché una intervención de un concejal que puso sobre la mesa el buen desempeño de la Selección Femenina Sub-20 de Fútbol de Colombia, que alcanzó el cuarto puesto en el mundial de Alemania.
Valioso que se destaque y se subraye esta presentación, pero ¿era el momento? ¿No es esto mezclar peras con manzanas? Dejo esas inquietudes.
Hoy, en promedio, los concejales están en el primer llamado a lista el 49 por ciento de las veces. Pero dicho indicador mejora sustancialmente cuando son requeridos para las votaciones: están el 79 por ciento de las veces.
Es decir, según 'Concejo cómo vamos', no siempre escuchan a los demás, ni presencian los debates, pero ingresan al momento de votar, lo cual impulsa el desorden.
Lo que aquí se pide y se reclama, como ciudadano, es algo más de fondo: son aquellas actitudes y comportamientos que debe mostrar el Concejo de Bogotá, una corporación que pagamos todos con nuestros impuestos y a la que, por cierto, le tenemos que empezar a pedir más cuentas de lo que hace.




